DESDE LA FACULTAD, FILOLOGÍA
Vivíamos, señores, en Madrid,
en tiempos de movidas y de apuntes.
La facultad quedaba más bien lejos,
más allá de Moncloa, en el Parnaso,
sólo accesible a pie tras bus o metro.
Los libros no pesaban demasiado,
pasaban mejor dicho
-bastante bien con caña o con café,
con partida de mus
o risas en la hierba-
de mi mano a la tuya con temblor
de viajero iniciático y secreto.
El aula, con las gradas en cascada,
tenía al profesor en el ombligo;
de allí irradiaba impávida su voz,
“tiempos de guerra y campos de Alicante
con ganado paciente
y lectura a la sombra…”
Los datos remontaban la corriente,
salmones culteranos, y alcanzaban
a todos los alumnos de la clase,
con alguna excepción, no exageremos.
Y aprehendimos la vida del poeta
extrañamente unida a sus poemas.
“El juego de la luna fue el primero,
qué gran especialista,
después el del amor con nombre propio,
también la guerra, el hombre contra el hombre,
y el poeta gritando en la trinchera;
y el fin de la contienda y la derrota,
las idas y venidas,
la cárcel miserable…
y al fin la enfermedad y las ausencias
-la voz del catedrático un susurro-,
la memoria indeleble,
el viaje por el tiempo y el idioma…”,
hasta la facultad, filología,
el disco de Serrat, un folio virgen
y tú, Miguel Hernández, tan temprano.
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