
Si con el dinero que me han confiado unos amigos hago operaciones que me reportan pingües beneficios, será de recibo que dé parte de esas ganancias a quienes han confiado en mí, aunque yo gane algo menos; pero si esas operaciones me salen mal y lo pierdo todo, es muy probable que acabe en la cárcel después de que mis amigos me hayan rebanado cualquier apéndice corporal. Ahora bien, si yo soy un banquero y gano, no tengo por qué dar un céntimo a mis amigos, ahora clientes, y si pierdo, cuanto más mejor, porque pido ayuda al gobierno y sanseacabó, mis clientes suspiran aliviados y yo vuelvo a empezar; es más, ahora me pongo duro y miro con lupa a quién le voy a prestar el dinero que no es mío y que gestiono tan mal. Es decir, el banco sigue siendo mío, a pesar de que el gobierno ha entrado a formar parte de él gracias a la inversión hecha con el dinero de todos los ciudadanos. Lo lógico sería que el banco se convirtiese en una entidad pública, al menos hasta que yo devolviese el dinero invertido para mi salvación (y la de mis clientes conmigo), y que a mí me procesasen por, no sé, negligencia, estafa, especulación salvaje, estupidez financiera, por ser un auténtico canalla. Sin embargo, ningún gobierno se atreve a nada de eso, porque suena a socialismo y da miedo. Así, las medidas adoptadas, que son necesariamente socialistas, resultan de un socialismo algo disminuido e indignante, que se limita a parchear un agujero al tiempo que deja que siga siendo gestionado por los mismos que lo han provocado. Hay un puntito de cobardía, creo, y otro de presiones ocultas o favores pendientes, imagino. El caso es que el sistema ha resultado defectuoso y sin embargo te quiero.
Foto: Anzola

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