domingo, 19 de mayo de 2019

Sabe Caperucita


En el III Encuentro Internacional de Literatura Infantil y Juvenil de Riobamba, Ecuador, intervine con una ponencia sobre acercamiento a la lectura de LIJ. En el transcurso de mi intervención llegó un momento en que cité, inevitablemente, el cuento Lobo, de Olivier Douzou, y decidí que tenía que contarlo como se lo cuento a los niños cuando surge la ocasión. La reacción de los asistentes (profesores, escritores, mediadores y estudiantes universitarios) tras escuchar-ver el cuento (ya sabéis, el lobo se va construyendo —“me pongo mi nariz...”, “me pongo mi ojo...”— porque va a comer...), fueron risas, cómo no, y posteriores comentarios de reconocimiento. 
Con dos de los ponentes invitados, profesores y también escritores, Elia Saneleuterio Temporal y Juan de Dios Villanueva, intercambiamos algunas de ideas y recuerdos que el cuento de Caperucita Roja había suscitado a partir de mi intervención. Esa misma tarde, en una velada muy curiosa en la Fundación Casa Cultural Somos Arte, con recital poético incluido, Elia leyó el borrador de un poema que había escrito a partir de mi recreación del cuento de Douzou. Quedamos en que me lo mandaría cuando lo terminase. 
Y aquí está. 
Con su permiso, lo comparto.

Sabe Caperucita
                        A Carlos Lapeña y Juan de Dios Villanueva

Déjame que te cuente un cuento, 
niña.
El lobo no tiene las orejas grandes
ni se le ven los dientes cuando sonríe. 
Y créeme. Te sonreirá muchas veces.
No es cierto que tenga una gran nariz,
pero sí un asombroso olfato.
Sabe que es capaz de oler tu sangre
antes de que sangre.
Tampoco verás nunca sus garras,
no antes de sentirlas
ya hendidas en tu cuerpo.

¿Acaso es inevitable que acabe siempre
el lobo con la panza llena?
No más.
Escucha, niña, lección de vida: son sus ojos.
Por sus ojos los conoceréis.
Por sus ojos que devoran
—sabes que nada podrían sus ojos
si no los siguieras mirando—.
Y si no lo sabes: sábelo, Caperucita.

Porque no llamaste a la puerta, 
que estaba abierta.
Y entraste en la boca del lobo
antes incluso de sentir como fuego
su aliento.

Y se hizo de noche.
Casi completamente de noche,
aunque hacía horas que la luna
intentaba torpe
colarse entre las rendijas del tejado.

Cuando te fuiste cerraste la puerta.
Y lobo quedó dentro. Abrigado entre las sábanas 
de la abuela.
Y no supiste entonces qué quedó pensando,
aunque habías tocado uno a uno todos sus dientes.
Y habías comprobado que eran afilados.

No se hizo verdaderamente de noche
hasta mucho después.
Exactamente mientras concluía la fábula.
Cuando volvió la luz
ya había escrito el último verso.

¿A qué sabe Caperucita?

Sabe lobo que saliste viva
de su gruta.
Sabe, Lobo.
Caperucita sabe guardarse
de la boca del lobo.

Riobamba, 25 de abril de 2019

Elia S. Temporal

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