jueves, 30 de abril de 2009

Cuentos bibliotecarios (I)


LOS OJOS A RAS

…como apoyados sobre el mostrador, pardos, con venillas, de cortas pestañas y pobladas cejas, negras. Extrañamente atentos, de parpadeos vertiginosos. Dos focos a ras de mostrador. Prismáticos. Mira telescópica doble, afianzada sobre la superficie laminada, inmutable, clavando su rayo invisible en la diana de esa nuca, usuario sospechoso. De todos los usuarios es el único, solamente lo miran a él, por qué, por qué lo vigilan, a él, así. ¿Es tan raro? Es el único que no estudia, el único que ha cogido un libro y se ha sentado ahí para leerlo. El único, un libro, leerlo. Nada menos. Hay que vigilarlo, no es normal, hacía tanto que no ocurría.


A RENGLÓN SEGUIDO

Atravesó uno a uno los cinco volúmenes que lo separaban del N SAL tar y esperó. Al rato llegó ella y cuando sus dedos tiraron del lomo, él se introdujo en la manga del jersey. Subió de hilo en hilo hasta la cabellera rubia de la usuaria y entre su pelo se quedó atento. Cuando la chica se acercó lo suficiente a la sección del 75, él se preparó. Ella inclinó la cabeza para ojear el libro y un mechón rozó la balda, él se deslizó con rapidez y se introdujo entre las páginas del tomo XXII de la Summa Artis. Lo demás fue fácil. Atravesó uno a uno los ejemplares que le faltaban y llegó al 75 VER luz. Sin rodeos, llegó a la página deseada. Allí la vio, como siempre, en la misma pose que lo había enamorado desde el primer instante.
Pero no logró su objetivo. Una vez más, ella lo ignoró. Al fin y al cabo, por qué una ilustración tan hermosa iba a fijarse en un nombre propio fugado de una novela en rústica.

Foto de Liliana Gelman.

2 comentarios:

Darabuc dijo...

¿Escribe sobre lo que conoces, que esa es la puerta grande del mundo? Pues quizá sí...

Odal Orto dijo...

Y a veces, quizá, es un buen asidero.